
Como
todos sabemos, el oxígeno es imprescindible para la vida; las células
del organismo lo necesitan para producir energía y poder cumplir
sus funciones vitales.
Con el paso de los años, las células se ven afectadas por
factores naturales, conductuales y ambientales: edad, estrés, contaminación,
malnutrición, enfermedades, radiaciones solares, sedentarismo, consumo
de tabaco y alcohol, etc.
Estos fenómenos provocan la progresiva desactivación de los
sistemas enzimáticos naturales encargados de la producción
de energía y de la protección contra el exceso de oxidación
y los nefastos radicales libres. Hoy sabemos que la administración
terapéutica del ozono combate muchas de las patologías resultantes
de estos procesos.
El ozono, conocido como “gas de la vida” por el papel fundamental que juega en la existencia de los organismos vivos, es una variedad triatómica del oxígeno que se forma naturalmente en las altas capas de la atmósfera. Fue descubierto en 1840 e inicialmente se utilizó para la curación de heridas, por su potente efecto bactericida y cicatrizante.
Gracias a la
investigación y la experimentación médica con ozono
en diversos países de Europa y América, con el paso del tiempo
se descubrieron otras importantes propiedades del ozono y otras vías
de aplicación que potencian su eficacia.
En las últimas décadas del siglo XX se desarrolló el
estudio y la práctica sistemática de la aplicación
del ozono al organismo humano con fines terapéuticos, llamada ozonoterapia.
En la actualidad
la ozonoterapia se practica con éxito en prestigiosos centros médicos
de todo el mundo.